El
futuro con el pasado. La noche se confunde con el día. La
reiteración de que México es un país de pueblos indígenas —y no como mera
circunstancia demográfica o presencia testimonial— es una evidencia que no
alcanza los oídos, mucho menos las conciencias de la sociedad dominante,
reflejada en sus instituciones, sus leyes y su “opinión pública”. En ellas
reinan los estereotipos: atractivo turístico, folclor y escenografía/población
blanco de programas-para-combatir-la-pobreza (marginación, hambre,
atraso)/pretexto visual para el altruismo, que se ha vuelto a poner de moda
gracias a las televisoras, los supermercados y los grandes bancos/gente
ignorante, ingobernable, manipulable, arisca, explotable, incomprensible,
peligrosa.
La sociedad mayoritaria de México es racista, pero no le gusta que se lo
digan. Nunca le ha gustado. Somos mestizos, faltaba más. Cuando se idearon los
esquemas de castas en la Colonia, se supone que con fines descriptivos, fue una
vez zanjada la enfadosa polémica de si los naturales eran personas o sólo monos
en escala superior, aceptándose lo primero no tanto por la elocuencia de frailes
comprensivos y sensatos, como por la fuerza de los hechos. De por sí de entrada
el conquistador aquí, a diferencia de buena parte del continente, no tuvo
reparos para el mestizaje. Las y los malinches se multiplicaron y ahí tienes la
orgullosa raza de bronce.
Con ésa y otras coartadas, fueron negados sistemática y oficialmente. La
egalité decimonónica y la integración postrevolucionaria sirvieron como
disfraces de un proyecto de exterminio “benigno”, no por vergonzante menos
decidido, y que llega al siglo xxi desnudo y descarado como nunca.
Pero tiene México un árbol que las sucesivas modernidades se han resistido a
aceptar. Una civilización que nunca desapareció. No son sólo metáfora sus
raíces, pues son las de todos. Pero entrados en el siguiente milenio, con el
país en proceso de desintegración y a la intemperie de los mercados y los
mercaderes, hay un árbol aún pródigo en ramas que da cobijo y razón de ser
incluso a los que lo niegan.
La defensa, heroica, decidida y vital que protagonizan hoy muchos pueblos
representa, en su fragilidad, la mayor reserva de dignidad y soberanía en esta
Nación en venta. Son quienes crean auroras, las llaman autonomías, las
materializan en sus ríos, sus territorios, sus cultivos, sus lenguas pertinaces,
y también en sus diásporas. A donde ellos van, México va. No siempre puede
decirse lo mismo de otros mexicanos que se exportan y se dejan absorber en el
que parece destino obsesivo de todos nuestros migrantes: los Estados Unidos
vecinos, cada día más nuestros verdaderos amos.
Si los poderes colonizados detuvieran su ofensiva literal contra los pueblos
y sobre sus territorios; si se les permitiera gobernarse, protegerse y
alimentarse, esta Nación herida, desfigurada y exhausta tendría en qué
reconocerse, y en lo que le parece pobre o atrasado, podría refrescarse con los
aires de la novedad y lo posible, sabría México que tiene un árbol, que la
fortaleza de su ejemplo alcanza para todos, que los pueblos defendiéndose nos
cuidan el futuro

