Sunday, July 21, 2013

En el comienzo

Bruce Chatwin en "The songlines"
 
En el comienzo la tierra era una llanura infinita y caliginosa, separada del cielo y del mar gris y salado y ahogada en un crepúsculo sombrío. No había Sol ni Luna ni estrellas. Sin embargo, muy lejos, vivían los moradores del cielo: seres juvenilmente indiferentes, de forma humana pero con pies de emúes, con cabelleras doradas que refulgían como telas de araña a la hora del ocaso, intemporales e inmunes al envejecimiento, que siempre habían existido en su paraíso verde y bien regado allende las nubes del Oeste.
Las únicas irregularidades que había sobre la superficie de la Tierra eran unos huecos que se convertirían, algún día, en pozos de agua. No había animales ni plantas, pero alrededor de los pozos de agua se arracimaban masas pulposas de materia: coágulos de caldo primigenio- mudos, ciegos, desprovistos de respiración, ajenos a toda vigilia y todo sueño- cada uno de los cuales contenía la esencia de la vida o la posibilidad de volverse humano.
Sin embargo, bajo la corteza de la Tierra titilaban las constelaciones, brillaba el Sol, la Luna crecía y menguaba, y todas las formas de vida yacían aletargadas: el color escarlata del Clianthus speciosus, la iridiscencia del ala de mariposa, los bigotes blancos y vibradores del viejo canguro... latentes como semilla del desierto que deben esperar un chubasco peregrino.
En la mañana del Primer Día, el Sol experimentó el anhelo de nacer. (aquella noche lo seguirían las estrellas y la Luna) El Sol irrumpió a través de la superficie, inundó la tierra de luz dorada, y entibió los huecos bajo los cuales dormía cada Antepasado.
A diferencia de los moradores del cielo, estos Patriarcas nunca habían sido jóvenes. Eran seres claudicantes y exhaustos de barba gris, con piernas nudosas y habían dormido aislados a través de los tiempos.
Así fue cómo, en aquella Primera Mañana, cada Antepasado dormido sintió que la tibieza del Sol le pesaba sobre los párpados, y sintió que su cuerpo alumbraba vástagos. El Hombre Serpiente sintió que las víboras salían reptando de su ombligo. El Hombre Cacatúa sintió las plumas. El Hombre larva Blanca de la acacia sintió un culebreo, el Hormiga Melera un cosquilleo, el Madreselva sintió que sus hojas y flores se desplegaban. El Hombre Rata Canguro Almizclada sintió que las crías bullían bajo sus axilas. Cada uno de los "seres vivos" salió en busca de la luz del día, cada uno en su lugar natal específico.
En el fondo de sus huecos (que ahora se llenaban de agua) los Patriarcas movieron una pierna, y luego la otra. sacudieron los hombros y flexionaron los brazos. alzaron los cuerpos a través del cieno. Separaron dificultosamente los párpados. vieron cómo sus criaturas jugaban al sol.
El lodo chorreaba de sus muslos, como la placenta de un recién nacido. Luego, como si aquel fuera el primer vagido del niño, cada Antepasado abrió la boca y gritó: ¡YO SOY! Yo soy... Serpiente... Cacatúa... Hormiga Melera... Madreselva... Y este primer ¡Yo soy!, este acto primigenio de imposición de nombre, fue definido, entonces y por siempre jamás, como el dístico más secreto y sacrosanto de la Canción del antepasado.
Cada Patriarca (que ahora disfrutaba tumbado bajo el sol) estiró el pie izquierdo y pronunció un segundo nombre. Estiró el pie derecho y pronunció un tercer nombre. Designó el pozo de agua, los cañaverales, los eucaliptos.. Designó a diestro y siniestro, engendrándolo todo mediante la imposición de nombres y entretejiendo los nombres en versos.
Los Patriarcas hicieron camino cantando por todo el mundo. Cantaron los ríos y las cordilleras, las salinas y las dunas de arena. Cazaron, comieron, hicieron el amor, bailaron, mataron: fueran donde fueran, sus pisadas dejaron un regero de música.
Envolvieron el mundo íntegro en una malla de música; y finalmente, cuando la Tierrra hubo sido cantada, se sintieron exhaustos. Volvieron a experimentar en sus piernas la inmovilidad congelada de los tiempos. algunos se hundieron en el suelo allí donde estaban. otros se metieron a gatas en cuevas. otros se arrastraron hasta sus "moradas eternas", hasta los pozos de agua ancestrales que los habían parido. Todos ellos volvieron "dentro".

The Songlines

Autor William Sandy
Los hombres blancos cometían el error de suponer que, puesto que los aborígenes eran nómadas no podían tener un sistema de tenencia de tierra. Esto era falso. Los aborígenes, eso sí, no atinaban a imaginar el territorio como un bloque de tierra limitado por fronteras, sino que lo veían más bien como una red intercomunicada de líneas o caminos de paso. Todas sus palabras que significan "terruño" son idénticas a las que significan "línea", lo cual tiene una explicación: la mayor parte de la llanura interior de Australia era un matorral árido o un desierto donde la lluvia siempre caía muy esporádicamente y donde a un año de abundancia podían seguirlo siete de penuria. Desplazarse por semejante paisaje equivalía a sobrevivir; permanecer en el mismo lugar era suicida. La de definición del "terruño propio" de un hombre era "el lugar donde no tengo que pedir". Sin embargo, el sentirse "cómodo" en dicho terruño dependía de la posibilidad de abandonarlo. todos esperaban contar con no menos de cuatro "vías de salida" por las cuales se pudiera transitar en caso de crisis. Cada tribu, le gustara o no, debía cultivar relaciones con la vecina. Así, si la tribu A tenía frutos, la B tenía patos y C tenia un yacimiento de ocre, había reglas formales para intercambiar estos bienes, y rutas formales por donde se encauzaba el comercio. Lo que los blancos llaman "andariego" era en la practica una especie de telégrafo-de-la-sabana-complementado-con-mercado-de-valores, que difundía mensajes entre los pueblos que nunca se veían entre sí y que podían ignorar sus respectivas existencias.
Los aborígenes pensaban, en general, que todos los bienes eran potencialmente malignos y que redundaban en prejuicio de sus poseedores si no estaban constantemente en movimiento. Los "bienes" no tenían porque ser comestibles, ni útiles, Lo que la gente prefería era permutar cosas inútiles, o cosas con las que podía autoabastecerse: plumas, objetos sagrados, cinturones de pelo humano. Los bienes eran símbolos  de intención: de volver a comerciar, de volver a encontrarse, de fijar fronteras, de concertar casamientos mixtos, de cantar, bailar, compartir recursos y compartir ideas. Así, la ruta "comercial" es el Trazo de la canción (the songlines) porque el principal medio de intercambio son las canciones, no los objetos. En Australia nadie carecía de tierra, porque todos y todas heredaban como propiedad privada un tramo de la Canción del Antepasado y el tramo de terreno sobre el cual discurría la canción. Los versos de cada individuo eran sus títulos de propiedad sobre el territorio. Podía prestárselos a otro. Podía tomar prestados otros versos en canje. Lo único que no podía hacer era venderlos o deshacerse de ellos.
Si los ancianos del clan Serpiente Pitón resolvían que era hora de cantar su ciclo de canciones desde el comienzo hasta el fin? Se despachaban mensajes, camino arriba y camino abajo, convocando a los dueños de canciones para que se congregaran en el Lugar Grande. Entonces, cada propietario cantaba, cuando le llegaba el turno, su tramo de las huellas del Antepasado en el orden correcto. Cantar un verso fuera de lugar era un crimen. Generalmente se castigaba con la pena de muerte ya que implicaría "descrear" la Creación.
 Allí donde hay un Lugar Grande existía la posibilidad de que convergieran los otros Ensueños. De modo que en los rituales nocturnos podían participar cuatro clanes totémicos distintos, de cualquier cantidad de tribus diferentes, todos los cuales intercambiarían cantos, danzas, hijos e hijas y se concederían mutuamente "derechos de paso". Todo ello significa  adquirir "conocimiento ritual" lo cual significa que  el individuo estaba ampliando su mapa de canciones. Estaba expandiendo sus opciones, explorando el mundo a través de la canción.
Dos personas "hermanas" que se encuentran por primera vez en una taberna, uno ensayará un Ensueño. El segundo ensayará otro. Entonces es seguro que algo encajará. La clave está en que cada ciclo de canciones  saltaba a través de las barreras idiomáticas, independientemente de tribus o fronteras. La huella de un ensueño podía nacer en el NW, desovillar su trayecto a través de 20 o mas lenguas y desembocar en el mar. Los suyos afirman que reconocen una canción por su "sabor" o su "olor" y a lo que se refieren, por  supuesto, es a la cadencia. la cadencia sigue siendo siempre la misma, desde los primeros acordes hasta el final. La letra puede cambiar pero la melodía perdura.
 
Bruce Chatwin, conversación con Flynn en The songlines.

"Tengo una visión, la visión de que los Trazos de la Canción se despliegan  a través de los continentes y los tiempos; de que los hombres han dejado el rastro de la canción allí donde han pisado (canción de la cual podemos captar un eco de vez en cuando) y de que estos rastros han de remontarse, en el tiempo y el espacio, hasta un rincón aislado de la sabana africana, donde el primer hombre abrió la boca para desafiar los terrores que lo rodeaban, y gritó la primera estrofa de la Canción del Mundo: ¡YO SOY!"

Bruce Chatwin