Cuando de tu violín pulsas las cuerdas
y en la otra mano el arco las lisonja
prodúcese un fenómeno de esponja
con todo lo que das y nos recuerdas.
Parece que en su música nos dieras
de Brahms la vida toda y aún su muerte
y el oírte, no sólo es una suerte
sino un milagro más que nos hicieras.
Milagro, sí, lo digo y lo repito
pues, ¿qué otra cosa puede compararse
a sentir que se está de hito en hito?
Prendido de tu lisa milagrosa
de todo lo pedestre arrebatado
y alzado a una región maravillosa.
Con ese que describes arcoiris,
azul, naranja, verde, añil, morado
amarillo fulgor y rojo alado
a ella misma nos das: la Diosa Iris.
Y entonces, con la magia de tus notas
cada color lo vuelves un sonido
y uno siente que pierde ya el sentido
de tanto que lo fuerzas hacia ignotas.
Regiones en que ya nada es lo mismo
y en vértigo continuo son colores
las notas que antes iban al abismo.
Y el caos de oídos sordos y ojos ciegos.
Pero llegaste tú para salvarnos.
Al darnos de tus dones palaciegos.
Si cada nota de tu lira fuera
una sílaba lenta de mi pluma
sería mi silabario cual la esponja
y el fiel abecedario, una pantera.
Y en su precisa, atroz, veloz carrera
la letra que al sonido ya se suma
me agobia, quema, ahoga y abruma
tal es su nueva condición de fiera.
Y en los saltos mortales de la tinta
la música plasmada estar quisiera
por no desvanecerse ya, ni extinta.
Abandonarse a lo que no existiera
quedarse pues pegada en esa cinta
y lo demás, quedarse todo afuera.
Poema dedicado al violinista Henryk Szeryng (1918-1988)